miércoles, 18 de febrero de 2015

Acuicultura y cambio climático: si no puedes evitar calentarte, pues adécuate entonces...

Resultado de imagen para termometroNota tomada de la revista digital IPAC. Aunque habla de la situación europea y en ese contexto, en particular la española, tomo la idea de que hay que ocuparse antes que  preocuparse aquí en la región norpatagónica.
Salmónidos y moluscos entran en la problemática actual, ya que se verifica un aumento en la temperatura del agua que podría dejar a estas especies fuera de rango de tolerancia. Otras especies patagónicas de agua dulce no son buenas opciones para el cultivo, por su lento crecimiento y otras cuestiones. Otras especies de aguas marinas recién están en carpeta para desarrollo de su cría. O sea que hay que pensar en alternativas a corto y mediano plazo para desarrollar los cultivos actuales e ir pensando en otras especies, tal como dice el punteo de alternativas del final de la nota.



La acuicultura debe anticiparse a los impactos del cambio climático

IPac. - 13 de febrero de 2015
  
Han sido muchos los sectores, entre ellos primarios, que han estudiado y analizado cómo les afectan los impactos del cambio climático y cómo pueden adaptarse a los mismos. La escasa atención que se le ha dado a la acuicultura, en comparación, por ejemplo, a la pesca, es un hecho. Pero el crecimiento previsto de la actividad en los próximos años y sus previsiones no sólo como generadora de empleo sino como suministradora de proteína marina a nivel mundial, e incluso como actividad que puede mitigar los impactos del cambio climático, ha llevado a que se estén dando pasos más significativos y  profundizando en todos estos temas. España no es la excepción.
El pasado mes de noviembre, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) presentaba en Copenhague el Quinto Informe de Evaluación de este organismo -creado en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente-, donde no sólo se advertía, y de forma incuestionable, que los impactos del cambio climático no sólo se perciben ya en todos los continentes y océanos sino que amenaza con impactos irreversibles. En dicho informe, en el que se condensan 6 años de trabajo, tal y como lo exponía Thomas Stocker, copresidente de trabajo I del IPPC, y en base a la evaluación realizada por los expertos, se evidencia de forma cierta, que “la atmósfera y el océano se han calentado, los volúmenes de nieve y hielo han disminuido, el nivel del mar se ha elevado y la concentraciones de dióxido de carbono han aumentado hasta niveles sin precedentes desde hace, por lo menos, 800.000 años”. También afirman desde el IPCC que el origen antropogénico (resultado de actividades humanas) del cambio climático se hace más patente que nunca: “las emisiones de gases de efecto invernadero y otros impulsores antropógenos han sido la causa dominante del calentamiento observado desde mediados del siglo XX”. 
Si bien, a la hora de retratar la situación actual el panorama no parece muy alentador, desde el IPPC consideran que todavía se está a tiempo de poner límites al cambio climático puesto que a día de hoy se dispone de los medios necesarios en materia de ciencia y tecnología “no solo para adaptarse a sus efectos, sino incluso para mitigar su alcance”. El presidente del IPPC, Rajendra K. Pachauri, señalaba en este sentido que “las soluciones son muchas, todo lo que necesitamos  es voluntad de cambio”. Ahora bien, estas acciones, se concluía, no se pueden demorar, “hay que actuar ya”.
Sólo unas semanas después se celebraba en Lima (Perú), la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático COP20 donde casi 200 delegaciones internacionales se reunían para tratar de alcanzar un pacto global en la lucha contra el cambio climático, más concretamente un borrador de acuerdo con vistas a  ser discutido en París en 2015, donde se celebrará la COP21, y de donde se prevé que salga un nuevo tratado internacional –un compromiso vinculante y definitivo para la reducción de emisiones contaminantes a la atmósfera a partir del año 2020- que sustituirá al Protocolo de Kyoto. Todavía queda mucho por hacer, puesto que en Lima se consiguió un acuerdo de mínimos sobre el que ya se ha advertido que se tendrá que trabajar duramente a lo largo de este año. En todo caso, el acuerdo alcanzado en París debería traducirse en un cambio de orientación que tenga en cuenta que, en cuanto a emisiones, el reto del cambio climático no solo es  una “carga compartida” sino también una oportunidad de crear empleo y riqueza a través del desarrollo de nuevos modelos de producción y consumo. Un reto en el que todos (países, políticos, administraciones, investigadores, empresas, consumidores y sociedad en general) deberán implicarse.
En España, en el año 2006, se aprobó el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático, que es el marco de referencia para la coordinación entre las administraciones públicas en las actividades de evaluación de impactos, vulnerabilidad y adaptación al cambio climático en España. Desde entonces, se han elaborado tres programas de trabajo. El último de ellos, el “Tercer Programa de Trabajo del PNAC”, que corresponde al período 2014-2020, incluye entre sus ámbitos de estudio y líneas de actividad prioritarias la evaluación de los impactos y adaptación al cambio climático en  la acuicultura nacional.
En el caso de la acuicultura, impulsado y ejecutado por la Fundación OESA y en el marco del proyecto “Acuicultura y cambio climático”, cofinanciado por la Fundación Biodiversidad, se publicaba en 2013 “Cambio Climático y Acuicultura”, donde  se recogía la necesidad de elaborar una evaluación del impacto del cambio climático proyectado en la acuicultura española con el fin de identificar su vulnerabilidad y explorar opciones de adaptación para minimizar dicho impacto. Hace solo unos días, la Fundación OESA publicaba en el marco del PNACC “Impactos del cambio climático sobre la acuicultura en España”, un documento resumen de una recopilación de referencias en publicaciones científicas y técnicas sobre los impactos del cambio climático y sus repercusiones sobre el sector acuícola con vistas a poder establecer estrategias de adaptación.
¿CÓMO AFECTAN LOS CAMBIOS A LAS ESPECIES PRODUCIDAS EN ESPAÑA? 
El aumento de la temperatura, del nivel del mar, los cambios en las corrientes oceánicas, en las lluvias, en los patrones estacionales, en el caudal de los ríos, en la intensificación de las tormentas, en los afloramientos, en la acidificación de los océanos, en las floraciones algales, en la estratificación vertical y estabilidad de la columna de agua, etc. -todo ello asociado al cambio climático-  producen, irremediablemente, distintos impactos sobre la acuicultura a nivel mundial. Entre los impactos directos se hallan aquellos que afectarían a la producción y el rendimiento, a la expansión de enfermedades o la aparición de otras nuevas, también a cambios en la calcificación, cambios en patrones de desove, a la muerte de peces, etc. e incluso a la incapacidad para cultivar. Además, hay una serie de impactos indirectos, muy importantes, entre los que destacan el suministro de aceites y harinas de pescado, o de desechos; la fluctuaciones en los precios de materias primas en general, o, entre otros, la pérdida de sitios cultivo. En todos los casos, y si bien los cambos climáticos tales como los mencionados -temperatura, las precipitaciones, subida del nivel del mar, fenómenos extremos, variabilidad climática y corrientes oceánicas- no repercutirían por igual en la acuicultura, es un hecho que afectaría, para mal o para bien, tanto a la rentabilidad y viabilidad de las empresas, como a la vertiente social y ambiental de la actividad.

En el caso de España, por lo que respecta a la producción de moluscos, como son los parques de cultivo en Galicia, el trabajo “Impactos del cambio climático sobre la acuicultura en España”, destaca que podrá sufrir importantes variaciones debido al aumento del nivel del mar, incremento de temporales, fuertes marejadas, etc. “haciendo vulnerables estos ecosistemas y sistemas tradicionales de cultivo”. En la misma situación, se añade, “se encuentran los esteros del sur de la Península”. Asimismo, y al ser animales filtradores que obtienen su alimento del fitoplancton, todo lo que afecte al mismo tendrá repercusiones sobre el cultivo. La disponibilidad de fitoplancton, y por tanto de alimento, recuerdan, está relacionada con el régimen de vientos, la temperatura del agua y los afloramientos costeros; con lo que se considera que el importante cultivo del mejillón “es muy vulnerable a los efectos del cambio climático”. 
A día de hoy el IIM-CSIC, en colaboración con el Consello Regulador do Mexillón, está llevando a cabo un trabajo que se centrará, precisamente, en los riesgos biológicos y ambientales en el cultivo del mejillón en el marco del cambio climático, que puedan conducir, de ser posible, a ofrecer herramientas para establecer estrategias de explotación y comercial para minimizar los impactos de las floraciones de algas tóxicas y planificar soluciones. Y es que hasta ahora, y por las investigaciones que se han llevado a cabo, se puede sonsacar que una relajación de los vientos del norte en verano, el debilitamiento del afloramiento y el consecuente menor tiempo de renovación del agua del interior de las rías, unido todo ello a cambios en la comunidad fitoplanctónica -que favorecen una mayor presencia de dinoflagelados causantes de las mareas rojas-, los efectos sobre la actividad pueden ser desastrosos.
En cuanto a los peces marinos, el trabajo de la Fundación OESA, señala que si se cultivan especies como la lubina, que requiere de  más aguas frías que la dorada, en aguas donde la temperatura media ya es suficientemente alta, dichas especies encontrarán más dificultades para crecer, “disminuyendo así su rentabilidad”. También, se añade, “presentan vulnerabilidad frente al potencial aumento de tormentas, que pueden provocar roturas de redes y el consecuente escape de peces, causando pérdidas económicas para las empresas; así como impactos sobre las especies y pesquerías locales”.
jaulas
En cuanto a la producción en aguas continentales, se afirma que “el cambio climático hará que parte de estos ecosistemas pasen de ser permanentes a estacionales, incluso puede que algunos desaparezcan”. Las temperaturas altas del agua también es otro de los retos importantes al que se enfrentaría esta producción, cuyas especies, si estamos hablando de salmónidos, no son tolerantes a temperaturas altas.
En la producción de especies carnívoras, es importante tener en cuenta, además, el suministro de aceites y harinas de pescado. Debido a que las pesquerías representan una de las principales fuentes de insumos para la acuicultura, las alteraciones resultantes del cambio climático mundial que se registren en ellas se harán sentir en los sistemas de acuicultura, limitando la disponibilidad de materia prima transformable.
CÓMO ADAPTARSE AL CAMBIO CLIMÁTICO
“Las políticas de adaptación al cambio climático son una herramienta esencial en la lucha contra esta amenaza global y, junto con acciones de reducción de emisiones, forman parte de un conjunto de medidas indispensables a desarrollar por todos los gobiernos y administraciones nacionales, regionales y locales”, se señala en el trabajo.

Así, y partiendo de la base de que la acuicultura es un sector a todas luces muy vulnerable a los impactos del cambio climático, se determina que se hace necesario desarrollar estrategias de adaptación específicas “frente a los cambios en el mar y en los recursos marinos y continentales, que ya se están produciendo y que se acentuarán en el futuro”. Del mismo modo se señala que, en general, en vista de su resilencia y adaptabilidad y de la gran variedad de especies o grupos de especies cultivadas “puede responder también positivamente a las repercusiones del cambio climático”.
Entre otras recomendaciones, propone que para la correcta adaptación se deben adoptar una serie de medidas institucionales y normativas como es la adopción de un enfoque ecosistémico de la acuicultura  (EEA) como estrategia nacional o también potenciar la acuicultura sin piensos (organismos filtradores y algas). Entre otros de los elementos que se entiende que tendrían que tenerse en consideración tanto a la hora de desarrollar políticas y como en la planificación se hallan a) la promoción y potenciación de contratación de seguros contra daños a las poblaciones y a la propiedad causados por los fenómenos climáticos extremos; b) impulsar la I+D+i, centrando buena parte de sus esfuerzos de investigación en ingeniería de instalaciones y sistemas de cultivo, nuevas enfermedades y tratamientos preventivos, fisiología acuática animal, mejores piensos y prácticas de alimentación más acordes con el ecosistema; c) diversificar, que proporciona terreno para la selección natural y para la adaptación y que planteada esa diversificación como el cultivo de un mayor número de especies ofrece mayores posibilidades de adaptación bajos diferentes escenarios de cambio climático; d) la selección de emplazamientos, “una buena planificación y ordenación de las zonas aptas para acuicultura pueden ayudar a la adaptación del cambio climático”, se subraya; a lo que se añade que “el calentamiento del agua y la insuficiencia de oxígeno asociada, el potencial aumento de la eutrofización, etc. son factores que es posible evitar o reducir en lugares profundos donde la circulación es más abundante”; e) prevención de riesgos, con una predicción meteorológica  y del medio costero que avise con la suficiente antelación y precisión de eventos climáticos externos; y dispositivos de prevención que comporten un protocolo de seguimientos crítico y efectivo de los cuerpos de agua y organismos acuáticos; f) introducción de nuevos cultivos, aunque siempre teniendo en cuenta los peligros de introducción de especies foráneas y el control parasitológico de la introducción de especies cultivables; y g) acuicultura multitrófica integrada (AMTI).
Otras medidas de adaptación más concretas y referidas a los impactos más destacados del cambio climático sobre la actividad acuícola son las que se recogen en la Tabla 1.